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sábado, 1 de junio de 2013 | By: Luis Alberto Medina Huamaní

CRÓNICA SOBRE GUACHIMANES


GUACHIMÁN. Del inglés "watchman". En costa Rica, Guatemala, Guinea, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y República Dominicana se usa con el significado de  "rondín", "vigilante", "guardián" (RAE). 

SIEMPRE he detestado que un insolente guachimán me revise la mochila, el morral o la maleta antes de permitirme ingresar a algún establecimiento público (ya sea en centros comerciales, universidades públicas, bibliotecas, etc.). Considero que es una falta de respeto; algo denigrante que no debiera permitirse. Aunque sé que estas personas solo cumplen órdenes de sus superiores y que lo hacen por "seguridad", hay casos en los que algunos de estos pícaros te miran a la cara y actúan con cierta saña. Esto pasa generalmente  por una cuestión de prejuicios, racismo y discriminación.

Recuerdo, por ejemplo, que cuando -aún siendo estudiante de pregrado de una universidad pública y recientemente llegado a Lima desde Ayacucho- iba con un grupo de amigos a la Pontificia Universidad Católica del Perú para buscar información bibliográfica o asistir a ciertas actividades académicas y culturales (conferencias, coloquios, congresos estudiantiles...), por lo general mis amigos limeños -más blancos o menos mestizos que yo, con un castellano más estándar que el mío- no tenían problemas para ingresar por cualesquiera de las puertas del campus... Bastaba con que les muestren a los guachimanes el carné de la universidad de procedencia. En cambio, yo -y alguno que otro compañero- menos afortunado que los que habían ingresado- me quedaba fuera: irremediablemente no podíamos ingresar... y como siempre ocurría esto, opté por no ir a dicha casa de estudios. Hasta ahora, recuerdo haber ingresado solo un par de veces en ¡más de diez años!

Hoy me pude vengar de estos guachimanes y esta es la historia: salía yo de uno de esos centros comerciales de San Borja, al que ingresé para averiguar algunos precios de unos electrodomésticos y salí por una de las puertas laterales, junto a otras personas. Al hombre encargado de la vigilancia se le ocurrió revisarme el morral; precisamente a mí, que iba detrás de un grupo de personas que también salían del mismo centro comercial. Se suscitó el siguiente diálogo:

- Señor, abra su maleta y muéstreme lo que hay.
- Oiga, no llevo nada que le interese.
- Ábrala y muéstreme lo que lleva -intentó impedirme la salida obstruyéndola con su cuerpo.
- ... (abrí el morral y le mostré lo que llevaba dentro).
- Ah, libros.
- Libros, señor. ¿Los conoce? - Le miré fíjamente a los ojos y le mostré mi ofensa e indignación en toda su magnitud.
- Sí, cla... claro -Me balbuceó, nerviosamente, casi tartamudeando, avergonzado; noté que se le subieron los colores al rostro, me miró a los ojos y al ver mi gesto de triunfo, supo que había perdido y que mi venganza había sido buena y eterna.

Luego, le mostré una mueca como para decirle: "Sí, pinche cabrón, sé que no has cogido ningún libro desde la secundaria"; y salí hacia la calle, que soleada, me acogía con su tibio calor de otoño.